Colombiana con culo grande se deja empotrar duro en la cocina
La morena llevaba el delantal atado bien tieso y el short ajustado le marcaba el culo prieto, moviéndose lento mientras el olor a café recién hecho mezclaba con el sudor que le brotaba entre las nalgas. Él no pudo resistirse, le agarró la cintura con esas manos grandes y la pegó contra la nevera, sintiendo cómo el calor de su coño empapado le quemaba la verga por dentro. Ella soltó un gemido ahogado al sentir la punta de la polla rozándole el clítoris, pero en vez de apartarse, se arqueó más y le ofreció el culo, empinado y brillante por los jugos que ya le chorreaban. Con un tirón brusco le bajó el short hasta los tobillos, dejando al aire ese culo redondo y firme que pedía a gritos ser follado sin piedad. La colombiana, con los labios entreabiertos y los ojos llenos de lujuria, le susurró al oído que le metiera toda la verga hasta que no le cupiera ni un pelo más, mientras se agarraba al borde de la mesa con fuerza. Él no necesitó más invitación, le dio una primera embestida tan profunda que el sonido de los choques de carne resonó por toda la cocina, mezclado con los gritos de ella que no podían contener la excitación. Cada embestida le sacudía las tetas, que rebotaban al ritmo de los golpes brutales, y el olor a sexo crudo inundaba el ambiente mientras la mesa crujía bajo el peso de sus cuerpos sudados. Ella se corrió en menos de un minuto, apretando su coño alrededor de la verga como un tornillo, pero él no se detuvo, siguió empotrándola con fuerza hasta que sintió cómo su leche espesa le llenaba las entrañas, dejando marcas blancas en ese culo que ya no era solo suyo. Cuando por fin se separaron, ella quedó temblando contra la encimera, con las piernas flaqueando y el coño goteando, mientras él se limpiaba el sudor de la frente y le daba un cachetito en el culo como premio por aguantar tanto. La cocina quedó hecha un desastre, pero a ninguno de los dos le importó, porque lo único que importaba era el calor que aún les quemaba entre las piernas.