Esposa caliente se deja empotrar en la cocina con polla dura
La esposa llevaba días con esa mirada de puta dispuesta, mordiéndose el labio cada vez que su marido se ponía a cocinar sin camiseta... Esa mañana no pudo resistirse más, se agachó sobre la mesa de la cocina con el culo bien redondo y le lanzó una mirada por encima del hombro que le supo a miel caliente. Él no necesitó más invitación, se bajó los pantalones de un tirón y sacó su verga gruesa y palpitante, brillante por la expectativa. Con un gemido ahogado ella se agachó aún más, abriendo bien las piernas sobre los platos sucios, mientras su coño chorreante de jugos le dejaba un rastro pegajoso en el muslo. Él no perdió tiempo, le agarró las caderas con fuerza y se clavó hasta el fondo, sintiendo cómo su carne caliente se estremecía al recibir cada embestida brutal. Ella gritó como una puta en celo, con los pechos rebotando sin control mientras el sonido húmedo de la polla entrando y saliendo resonaba en la cocina vacía. Cada empujón le arrancaba otro jadeo, otro chorro de su coño empapando el borde de la mesa y salpicando hasta el suelo de baldosas frías. Él no aguantó mucho, la tenía demasiado apretada y mojada como para durar, así que aceleró el ritmo hasta que sus pelotas golpeaban contra su clítoris hinchado con sonidos obscenos. Cuando sintió que el orgasmo le escalaba por la espalda, la agarró fuerte por el pelo y le obligó a arquear la espalda mientras le llenaba el culo de leche espesa, gruesa y caliente, que se desbordó por los lados resbalando entre sus nalgas redondas y temblorosas. Ella no pudo evitar correrse al sentir el calor dentro, apretando su coño como una tenaza mientras un chorro de su propio jugo le brotaba del clítoris hinchado, empapando su tanga de encaje que ya estaba hecho jirones.