Mi hijastra rubia se masturba y después la follo dormida
La muy zorra no se conforma con tocarse la conchita rosadita mientras yo no estoy, sino que se corre sin pudor y deja el coño bien empapado de jugos. La pillé con los dedos hundidos en su chochito blanco, resbalando entre los labios hinchados, mientras se mordía el labio inferior para no gemir fuerte. No pudo resistirse ni un segundo más, así que se corrió con la otra mano apretando un dildo rosita que le dejé a propósito. Pero el juego no terminó ahí, porque cuando se durmió borracha de placer, supe que era mi turno de disfrutar esa carne fresca y tiesa. Me acerqué sigiloso, le levanté el camisón de seda y vi cómo su culo redondo brillaba bajo la luz de la luna, temblante y listo para recibirme. Le abrí las nalgas con las manos y le escupí en el coño ya mojadísimo, sintiendo el calor que desprendía incluso dormida. Me acomodé detrás de ella, le apreté la cintura con fuerza y le metí la verga hasta el fondo sin avisar, haciendo que despertara con un grito ahogado y los ojos bien abiertos. La muy puta no opuso resistencia, sino que arqueó la espalda y dejó que la empotrara como a una perra en celo, gimiendo cada vez que le golpeaba el fondo del coño con mis pelotas. Le chupé los pezones duros mientras le clavaba el rabo sin piedad, y ella no paró de pedirme más con esos grititos agudos que solo saben soltar las coñitos cuando están a punto de correrse. Sentí cómo sus paredes se contraían alrededor de mi verga y supe que no aguantaría ni un segundo más, así que le solté la leche bien adentro, llenándole el útero de mi semen caliente mientras ella se dejaba caer en la cama, exhausta y satisfecha. La dejé ahí tirada, con las piernas abiertas y el coño chorreando mi leche, mientras yo me limpiaba la verga con su pelo rubio y le susurraba al oído que mañana repetiríamos.