Morena tatuada abre el culo para pollón negro
La morena no paraba de menear las caderas cada vez que veía al negro del gimnasio pasar con esos muslos que le hacían babear, y esa verga gruesa que le prometía un buen revolcón. Esa misma tarde, después de un par de copas que le soltaron la lengua, se plantó en su casa con un tanga negro tan fino que parecía papel de fumar y una sonrisa pícara que le decía al tipo: 'hoy me vas a romper el orto'. Él, que ya tenía la polla dura como una roca desde que la vio lamerse los labios, no se hizo de rogar y la empujó contra la pared del pasillo, le arrancó el tanga de un tirón y le escupió en el culo para que supiera lo que venía. Ella se agachó apoyándose en el sofá, con las tetas colgando y el coño chorreando por los gemidos que ya no podía contener, mientras él se untaba el tronco con aceite de coco para que la entrada fuera más fácil. La primera embestida le hizo arquear la espalda y soltar un grito que hasta los vecinos pudieron oír, pero a ella no le importó, porque sabía que quería sentirla hasta el fondo, que le destrozara el culo a base de pollazos profundos. Él no se anduvo con rodeos: la agarró por las caderas y empezó a empotrarla como una bestia, haciendo que sus nalgas temblaran con cada impacto y que el sonido de carne contra carne resonara por toda la sala. Ella, entre gemidos y maldiciones, se dejó llevar, pidiendo más fuerte mientras se masturbaba con una mano y con la otra se agarraba al respaldo del sofá para no caer. Cuando él notó que el culo se le abría como una flor, decidió sacársela de golpe y darle la vuelta para que se la tragara entera de una sentada, obligándola a hacerle una garganta profunda que le dejó los ojos llorosos y la boca llena de babas. Después la volvió a poner a cuatro patas, le abrió bien las nalgas con las manos y le metió la verga hasta la raíz, dejándola sin aliento mientras le susurraba al oído lo puta que estaba por aguantar tanto dolor para sentir tanto placer. El final llegó cuando él, después de jugar con sus huevos y azotarle el coño mojado, le disparó toda la leche caliente en la boca abierta, cubriéndole la lengua, los dientes y hasta las mejillas de semen espeso, mientras ella se corría sin parar de babear y de tragar saliva mezclada con leche. Antes de que terminara de recuperarse, él le dio la vuelta y le empapó la cara con otro chorro grueso que le dejó el maquillaje corrido y los labios brillantes de semen, para que todos vieran quién era la putita que había venido a buscarlo.