Ninja ninfómana con tetas enormes follando salvaje
Desde que lo vio aparecer en el callejón con ese kimono negro ajustado que le marcaba cada curva de su cuerpo, supo que esa kunoichi no era una cualquiera, sino una puta ninja que solo buscaba un buen polvo entre sombras. Él, con su espada ya empapada en sudor, no pudo resistirse cuando ella se le acercó frotándose los pechos contra el brazo, sus pezones duros como piedras bajo la seda. Sin mediar palabra, la muy zorra le agarró la polla por encima del pantalón y le susurró al oído con voz de lujuria que si no se la metía en ese mismo instante, le cortaría los huevos con su daga. Él, más excitado que un toro en celo, la empujó contra la pared del templo y le arrancó el cinturón de la ropa interior de un tirón, dejando al descubierto un coño depilado y chorreante que olía a sexo sucio. Ella, con los muslos temblorosos, se abrió de piernas y le ordenó que la empotrara como si no hubiera mañana, mientras gemía como una perra en celo y le clavaba las uñas en la espalda. Él, con la polla a punto de reventar, la levantó en peso y la embistió contra la columna del templo, haciendo que los cuadros de los antepasados temblaran con cada golpe seco de sus caderas contra su culo prieto. Ella, con los ojos en blanco y la boca llena de babas, le rogaba que le llenara el coño hasta dejarla preñada, mientras él le mordisqueaba los pezones y le azotaba los muslos con cada embestida brutal. El sudor les resbalaba por la piel, mezclándose con los fluidos que saltaban de su conejito empalado cada vez que él llegaba hasta el fondo, haciendo que el suelo de madera se llenara de un charco baboso y brillante. Cuando él sintió que el orgasmo le quemaba las entrañas, la agarró por el pelo y le ordenó que se tragara hasta la última gota de su leche espesa, mientras ella, con la garganta llena, tragaba sin parar mientras los espasmos del clímax le recorrían el cuerpo como descargas eléctricas. Él, exhausto pero satisfecho, la dejó caer al suelo, donde quedó tendida como una muñeca rota, con las piernas abiertas y el coño goteando mientras se mordía el labio inferior, sabiendo que esa noche no sería la última vez que se cruzarían en la oscuridad.