Rubia madura busca joven en el club
La noche estaba que ardía y Kora Bell no pudo evitar quedarse mirando al chico desde el otro lado de la barra: ese pelo rubio despeinado, esos ojos azules que brillaban como el hielo y ese cuerpo de joven que se movía con esa confianza que solo dan los veinte años. Él notó su mirada y se acercó sin decir ni una palabra, con una sonrisa pícara que le dijo todo lo que necesitaba saber. En menos de cinco minutos ya estaban en el baño del club, con la puerta cerrada y el aire espeso por el sudor y el perfume barato de ella. Kora le bajó los pantalones con manos ansiosas mientras él le mordisqueaba el cuello, haciéndola gemir como una puta en celo. El joven no perdió el tiempo y le metió la polla dura entre los labios, ahogándola con cada embestida mientras ella le chupaba con desesperación, saboreando el pre líquido salado que le goteaba por la garganta. La rubia se quitó el tanga negro en un segundo y se subió a la encimera del baño, abriendo bien las piernas para que él le empotrara el coño ya bien mojado, sintiendo cómo cada empujón le llegaba hasta el fondo del útero. Él la agarraba de las caderas con fuerza, clavándosele hasta hacerla gritar, mientras sus tetas naturales rebotaban sin control con cada embestida brutal. Kora se corrió dos veces antes de que él le llenara el coño con su leche caliente, sintiendo cómo el esperma le resbalaba por las piernas mientras el joven le mordía los pezones con los anillos plateados que le colgaban de las tetas. La pasión no terminó ahí: él la volteó y se puso detrás para follársela a cuatro patas, empalándola contra la pared mientras le azotaba el culo con la palma de la mano, dejándole marcas rojas que le dolían pero que le encantaban. Entre gemidos y suspiros, Kora le pidió que se corriera dentro de nuevo, y esta vez el joven no se hizo rogar, descargando su carga justo cuando ella le apretaba el coño con los músculos internos para exprimirle hasta la última gota. Cuando salieron del baño, los dos estaban sudados, con la ropa desordenada y las pupilas dilatadas por el placer, pero a ninguno le importó: el club seguía ardiendo y ellos ya tenían planes para seguir donde lo dejaron.