Yamada Asaemon empotra a Sagiri en la mesa del infierno
Apenas pisó el estudio de grabación, Asaemon notó cómo la tela del vestido de Sagiri se le pegaba al coño empapado mientras ella se retorcía sobre la mesa de madera, mordiendo un consolador rosa que le colgaba de la boca como si fuera un trofeo. La polla enorme del samurái, tan dura que le temblaban las pelotas, le rozó el culo por encima del tanga de encaje antes de que él mismo se lo arrancara de un tirón, dejando al descubierto unos labios rosados y brillantes que suplicaban atención entre gemidos ahogados. Ella, con los ojos vidriosos y las tetas rebotando sin control cada vez que él la embestía contra la mesa, no pudo aguantar más y le clavó las uñas en los hombros mientras le ordenaba con voz ronca que la llenara por completo. Asaemon, sin perder un segundo, la levantó en vilo para empotrarla contra la pared, haciendo que sus muslos temblorosos se enredaran en su cintura mientras él le metía los dedos en la boca para que los chupara con desesperación antes de hundírselos entre las piernas. Sagiri, con la espalda arqueada y el coño palpitando como una bestia viva, sintió cómo la polla gruesa y palpitante se le clavaba hasta el fondo, arrancándole un alarido que resonó en cada rincón del estudio mientras él le apretaba las tetas con violencia y le ordenaba que se corriera sobre su verga sin piedad. Las gotas de sudor le resbalaban por la espalda a él mientras la embestía con fuerza de bestia, sintiendo cómo el coño de ella se contraía alrededor de su miembro como si quisiera tragárselo entero, y no pudo aguantar más: con un gruñido animal, se enterró hasta las pelotas y le escupió una carga espesa y caliente que le quemó las entrañas a Sagiri, dejándola temblorosa y con el coño lleno hasta rebosar mientras él le susurraba obscenidades al oído y le lamía el cuello sudoroso como si fuera lo único que le importara en el mundo.