El cornudo mira mientras su esposa se empala con el motoquerido
Ella sabía que él la espiaba desde el marco de la puerta, con los pantalones ajustados tan evidentes que hasta el vecino de enfrente notó la protuberancia. Pero no le importó un carajo cuando el motoquerido, sudoroso y con la camisa pegada al torso musculoso, entró como si fuera su casa y le arrebató el coño con esas manos callosas que olían a gasolina y sexo sucio. Él se quedó tieso en el sofá, con la polla dura en la mano pero sin atreverse a tocarla, viendo cómo la puta de su esposa se dejaba caer sobre la verga gruesa del repartidor, gimiendo como una zorra en celo mientras el cabrón la empotraba contra la pared de la cocina. Los golpes de culo resonaban en la casa entera, mezclados con los jadeos de ella que suplicaba más profundo hasta que la leche caliente le quemó las entrañas y la dejó temblando, con las piernas como gelatina y el coño chorreando por todas partes. El cornudo no pudo más que tragar saliva mientras se corría en los pantalones, imaginando que era él quien la estaba llenando, pero el motoquerido solo se rio, se limpió la polla en la toalla de la cocina y se fue sin mirar atrás, dejando a la puta esposa con las nalgas rojas y el marido lloriqueando como un perrito mojado.