Saavedra y Girgras follan como locos con riesgo de ser pillados
—'Cállate, que nos van a escuchar', me susurró Girgras mientras le metía la polla hasta las pelotas en su coño mojadísimo. Pero no podía parar, no con ese culo perfecto rebotando contra mis caderas y sus gemidos ahogados en la almohada. Cada embestida era un riesgo, porque en cualquier momento podía entrar su marido o los vecinos escuchar los golpes de la cama contra la pared. Le tapé la boca con una mano mientras le agarraba las tetas naturales, apretándolas fuerte para que no gritara demasiado. Sentía su coño apretándome como un guante, caliente y resbaladizo, y no aguanté más: me corrí dentro de ella con un gruñido sordo, sintiendo cómo su cuerpo temblaba bajo el mío. Girgras mordió la almohada para no hacer ruido, pero yo sabía que estaba pensando en lo peligroso que era esto, en cómo su marido podría entrar en cualquier momento y pillarnos así, sudados y jadeantes. La idea la excitaba tanto como a mí, y por eso, aunque nos arriesgábamos, seguimos follando como animales hasta que no pudimos más.