La alemana caliente se traga cada gota en el hotel
La rubia flaquita no podía esperar ni un segundo más cuando llegaron al cuarto del hotel, con el vestido pegado al cuerpo y los pezones duros como piedras que se marcaban bajo la tela fina. Le arrancó la blusa de un tirón sin importarle si se rompía, mientras ella se reía con esa risita nerviosa que siempre lo ponía más duro, apretando sus tetas pequeñas pero bien firmes contra su pecho. La alemana se dejó caer de rodillas en la alfombra suave, con los ojos brillosos de lujuria, y le abrió el pantalón sin perder tiempo para sacarle la polla gruesa y palpitante que ya goteaba por la punta. Sin pensarlo dos veces, se la metió hasta la garganta, ahogándose un poco antes de relajar la lengua y empezar a mamársela con movimientos lentos y profundos, chupando cada centímetro como si fuera su postre favorito. Él le agarraba la cabeza con fuerza, empujando contra su boca hasta que ella tosió, pero no se apartó ni un milímetro, solo siguió tragando saliva para que no se le escapara ni una gota de leche. Cuando por fin la soltó, la alemana se lamió los labios con descaro y se quitó el tanga blanco, dejando al descubierto un coño depilado y tan mojado que ya brillaba bajo la luz tenue del cuarto. La tumbó en la cama boca arriba, le abrió las piernas y se enterró en su concha caliente sin avisar, empotrándola con embestidas brutales que hacían crujir el colchón y a ella gritar como una puta descontrolada. Entre gemidos y susurros en alemán mezclados con maldiciones en español, él la follaba sin piedad, sintiendo cómo su coño se contraía alrededor de su verga cada vez que llegaba al fondo. Cuando sintió que ella se iba a correr, la volteó boca abajo y se la empotró por detrás, agarrándole las tetas mientras le metía la polla hasta las bolas, sintiendo cómo su culo apretado le ordeñaba el semen con cada embestida. La alemana se corrió gritando, con la cara enterrada en la almohada para no despertar a los vecinos, mientras él le llenaba el coño de leche espesa hasta que no cupo ni una gota más, dejando su entrepierna empapada y brillante. Después, los dos quedaron tirados en la cama, jadeando y sudados, con ella susurrándole al oído lo que le encantaba que le llenara la boca y el coño cuando se portaba bien.