La hermanastra de Zack White Quianon lo sorprende con un polvo caliente en su habitación
El sonido de la puerta al abrirse de golpe interrumpe el silencio de la tarde, y antes de que él pueda reaccionar, ella ya está ahí, de rodillas frente a su polla dura, con esa mirada de puta que promete tragarse cada gota. Lia Tovar no pierde tiempo: se agacha, chupa con fuerza, y sus gemidos ahogados vibran contra su verga mientras él agarra su pelo rubio, sintiendo cómo la saliva le cae por el cuello. El riesgo de que alguien los escuche —quizá el padre de ella, quizá un vecino— solo los excita más, y ella lo monta como una loca, con su conchita rosada tragándose su polla hasta que las caderas chocan. Él la agarra del culo pequeño, la penetra en misionero, sintiendo cómo su coño apretado lo ordeña, y cuando ella se gira para montarlo en reversa, sus tetitas saltan con cada rebote. El sudor les pega la ropa a la piel, los gemidos se vuelven más fuertes, y él la voltea contra el colchón, empotrándola contra la pared mientras ella muerde la almohada para no gritar. El orgasmo llega como un relámpago: él se corre dentro de ella, y ella se retuerce, mojada y temblando, hasta que se queda quieta, con la respiración agitada y los ojos brillantes. Zack White Quianon, aún con la polla dura, mira hacia la puerta, imaginando que alguien podría haberlos escuchado.