Mi amiga se deja empotrar con verga bien grande
Desde que se puso esos shorts ajustados en la playa, no podía sacármela de la cabeza. María, mi amiga de toda la vida, siempre fue un bombón pero ahora lleva semanas coqueteando conmigo con miraditas que me tienen más duro que una roca. Hoy la invité a mi departamento para ver una película, pero al verla con esa blusa transparente y los pezones marcados supe que no iba a resistirme. Le serví una copa de vino y antes de que se la terminara ya le tenía las manos metidas entre las piernas, sintiendo su coño empapado bajo el short de lycra. Ella gimió cuando le bajé el cierre y le metí dos dedos bien dentro, sintiendo cómo su clítoris se endurecía bajo mi lengua al instante. María no aguantó más y me agarró la polla por encima del pantalón, gruñendo que quería sentirme dentro de una vez. La empujé contra la pared del pasillo, le arranqué la blusa y me la chupó con ansias mientras le metía el dedo en el culo. En menos de un minuto ya estaba en el suelo del salón, con las piernas abiertas y esa verga enorme apuntando directo a su entrada, lista para romperla en dos. Empecé a embestirla con fuerza, sintiendo cómo su coño se estremecía cada vez que le llegaba hasta el fondo. María gritaba como puta en celo, con los pechos rebotando y los ojos nublados de placer, pidiendo que no parara nunca. Le agarré el pelo y le metí la polla hasta la garganta mientras le azotaba el culo, dejándole marcas rojas que brillaban bajo la luz del atardecer. Cuando noté que sus muslos temblaban y su coño se contraía como loca, supe que estaba a punto de correrse, así que le metí hasta los huevos de un solo empujón y en cinco segundos ya estaba ahogándose en un orgasmo que la dejó temblando. Se corrió tan fuerte que me empapó el sofá, pero no me importó porque al instante ya me estaba chupando los huevos con esa boquita sucia que tanto me gusta, pidiéndome que le llenara la garganta con mi leche caliente. Le di la vuelta como una muñeca y la empotré de nuevo contra el suelo, esta vez dándole hasta el fondo con cada embestida mientras le apretaba los pechos contra el piso. María no podía ni gemir, solo jadeaba y movía el culo como una perra en celo, hasta que por fin sentí cómo su coño me ordeñaba la polla mientras se corría de nuevo, arrastrándome con ella en un orgasmo compartido que nos dejó a los dos jadeando en el suelo, completamente sudados y satisfechos.