Mi cuñado me empalma la madrugada en mi cuarto
Esa noche la luna se colaba entre las cortinas cuando él llegó sin avisar, con esa mirada de cerdo que solo tenía para mí. Llevaba días lanzándome miraditas mientras me cambiaba, pero nunca pensé que se atrevería a tocarme cuando el resto de la casa dormía. Al principio fingí dormir, pero su mano sudorosa ya se deslizaba bajo mi camisón, arrastrando las bragas a un lado con un tirón seco. Sus dedos gruesos encontraron mi coño empapado sin piedad, y el gemido que se me escapó fue más fuerte de lo que quería. Antes de que pudiera reaccionar, ya me tenía boca abajo, su polla dura clavándose en mi culo como si llevara semanas esperando este momento. Cada embestida me dejaba sin aire, mis tetas rebotando contra el colchón mientras él me llamaba puta y me decía lo mucho que deseaba mi culo prieto. El sonido de su piel chocando contra la mía era obsceno, mezclado con mis gritos ahogados en la almohada para no despertar a los niños. Me corrí tan fuerte que las piernas me temblaron, pero él no aflojó, seguía empotrando su verga gruesa dentro de mi coño hasta dejarme llena de leche caliente que resbalaba por mis muslos. Cuando por fin se salió, me quedé jadeando, con el culo enrojecido y el coño chorreando, mientras él se limpiaba con la sábana antes de vestirse y salir como si nada hubiera pasado. Pero yo sabía que esto no terminaba aquí, porque esa noche me había dejado marcada para siempre.