¿Notaste el dispositivo de castidad que te puse anoche?
Te quedaste quieto cuando lo ajusté, sintiendo el metal frío apretar tu polla, atrapada sin escapatoria. Mis dedos recorrieron tu cuerpo mientras te susurraba al oído que ahora solo yo decidía cuándo podrías correrte. La noche era larga y tú ya estabas duro, pero el anillo de acero te mantenía en jaque, gimiendo cada vez que intentabas frotarte contra mí. Te obligué a arrodillarte mientras te chupaba los huevos, sabiendo que no podrías aliviarte, y luego te hice lamer mi coño hasta que me vine en tu cara, sintiendo tu frustración crecer. El sonido de tus gemidos ahogados me excitaba más, así que te até las manos y te hice mirar cómo me follaba con un consolador, moviéndolo lento al principio, luego a fondo, sintiendo cómo tu polla atrapada palpitaba de deseo. Cuando terminé, te dejé así toda la noche, recordándote quién mandaba mientras te besaba y te decía que al día siguiente repetiríamos. Al amanecer, aún estabas duro, suplicando, pero yo solo reí y te dejé así, mojado y desesperado, listo para otra ronda de sumisión.