La cunhada de pelo negro empotra al marido bobo
La morena de curvas explosivas llevaba días mirando con morritos a su cuñado mientras el marido se ahogaba en su cerveza viendo el fútbol... pero hoy no había cerveza que aguantara. Se acercó a él con ese vestido ajustado que marcaba cada joroba de su trasero y le susurró un '¿te gusta cómo me pongo esta tanga?' que le erizó la piel al pobre cornudo, demasiado distraído con el partido como para notar que su esposa ya le había metido los dedos en la bragueta. El muy baboso solo atinó a soltar una risita tonta antes de que ella se agachara y le sacara la polla dura como un fierro, gruesa y palpitante, mientras con la otra mano le desabrochaba el cinturón del pantalón sudado. Lo primero que sintió fue su lengua caliente y pegajosa recorriendo el tronco desde la base hasta la punta, lamiendo cada vena con esos labios carnosos que sabían a fresa y a pecado, mientras gemía como una puta en celo y le agarraba las bolas con firmeza, apretando hasta que él soltó un quejido ronco. 'No pares, zorra', balbuceó el cornudo, pero ya era tarde: su esposa ya se había puesto de espaldas sobre la mesa del comedor, levantando ese culo prieto y redondo como un melón maduro, y le gruñó 'ahora sí, métemela toda, cabrón, que tu marido no va a hacer nada'. El cuñado, con los ojos inyectados en lujuria, no necesitó más invitación: se sacó la polla chorreante de saliva y sin avisar la empaló de un solo envite que le hizo gritar como una loca, con las tetas rebotando al ritmo de los golpes brutales que le daba desde atrás, cada embestida tan profunda que le llegaba a rozar el útero. El cornudo, paralizado de vergüenza, solo alcanzó a ver cómo su esposa se agarraba de los bordes de la mesa con las uñas pintadas de rojo, mordiendo un trapo para no delatar los gemidos que le salían a borbotones cada vez que el mismísimo Lucifer le clavaba el pene hasta el fondo, sacudiéndole las entrañas. 'Me corro, me corro', jadeó ella entre espasmos, sintiendo cómo la leche espesa del cuñado le llenaba el coño hasta rebosar, resbalando por sus muslos mientras él seguía empujando sin piedad, ordeñándole el útero hasta que ambos cayeron exhaustos sobre la mesa, sudados, jadeantes y con la prueba del adulterio pegajosa en los muslos de ella y en el pantalón arrugado de él.