Nagma gime mientras le meten los dedos hasta el fondo
La habitación estaba oscura, solo iluminada por la tenue luz de la pantalla de un teléfono que grababa cada gemido, cada movimiento. Nagma estaba sentada en la cama, las piernas abiertas, su coño ya mojado antes de que siquiera la tocaran. Él se acercó con una sonrisa de superioridad, sabiendo que ella no podía resistirse a sus órdenes. 'Ábrete más', le dijo con voz áspera, y ella obedeció al instante, separando más los muslos. Sus dedos gruesos se hundieron en su coño sin piedad, masajeando su clítoris hinchado mientras ella arqueaba la espalda, los pezones duros como piedras. 'No te corras todavía', le advirtió él, y ella gimió de frustración, sintiendo cómo su cuerpo temblaba al borde del orgasmo. Él la penetró con los dedos una y otra vez, sintiendo cómo su coño se apretaba alrededor de ellos, buscando más fricción. 'Por favor', suplicó ella, pero él solo se rio, disfrutando del poder que tenía sobre su placer. 'Pídelo bien', le exigió, y ella, humillada pero desesperada, murmuró: 'Déjame correrme, por favor, necesito tu permiso'. Él aceleró el ritmo, metiendo los dedos hasta las pelotas, y ella explotó en un chorro de líquido caliente que empapó las sábanas. 'Eres una puta obediente', le dijo él con satisfacción, mientras ella seguía temblando bajo su toque. '¿Quieres más?', preguntó, sabiendo que ella no podía negarse.