Polla pequeña pero con mucha potencia
Ella no podía creer lo que tenía entre las manos al verla por primera vez: una verga diminuta, casi cómica, pero que empezó a crecerle a él en tiempo récord cuando le pasó la lengua por la punta. Se le escapó un gemido ronco al sentir cómo se le endurecía bajo su boca, palpitando como un pequeño motor a punto de explotar. Él le agarró la cabeza con fuerza, empujando su polla hasta el fondo de su garganta, y aunque era chiquita, el grosor le hizo toser y lagrimear mientras intentaba aguantar sin ahogarse. La chica no se rendía, chupando con saliva babosa que le resbalaba por la barbilla mientras con una mano le masajeaba los huevos apretados, pequeños como nueces. Él empezó a mover las caderas con desesperación, embistiéndola sin piedad, y ella notó cómo la polla le temblaba antes de correrse dentro de su boca en chorros calientes y salados que le quemaban la lengua. El líquido espeso le llenó la garganta y sintió náuseas, pero siguió tragando hasta que no quedó ni gota, con la verga aún semidura entre sus labios. Él se retiró con un suspiro profundo, dejándole la boca llena de babas y semen, mientras ella se limpiaba con el dorso de la mano y sonreía con picardía, dispuesta a darle más si le pedía. La polla, aunque pequeña, había dejado su coño empapado de excitación y ahora palpitaba con ganas de que se la metiera donde más lo necesitaba. Él, sin decir palabra, la levantó del sofá y la empujó contra la pared, bajándole el pantalón de un tirón para dejar al descubierto un culo redondo y prieto que le pedía a gritos que lo embistiera sin compasión. Ella apoyó las manos contra el muro, arqueando la espalda mientras él le separaba las nalgas con los dedos, buscando el agujero que ya estaba más que listo para recibirlo. Con un empujón brutal, la polla pequeña pero potente se hundió en su coño mojadísimo, haciendo que ella gritara como una perra en celo mientras él la empotraba una y otra vez, sintiendo cómo el calor de sus paredes vaginales la abrazaban con desesperación. Los golpes secos de cadera contra nalga resonaban en la habitación, mezclados con los gemidos ahogados de ella y los gruñidos masculinos de él, que no paraba de maldecir entre dientes mientras le clavaba los dedos en las caderas. El sudor les pegaba la ropa al cuerpo y el olor a sexo inundaba el aire, espeso y animal, mientras la polla diminuta pero incansable seguía machacándole el coño hasta que ambos estallaron en un orgasmo simultáneo que los dejó temblando, con las piernas convertidas en gelatina y las respiraciones entrecortadas. Él se retiró con un chasquido húmedo, dejando un reguero de leche y jugos resbalando por sus muslos, y ella se dejó caer al suelo, exhausta pero con una sonrisa de oreja a oreja, sabiendo que esa verguita pequeña le había dado más placer que cualquier otra polla grande que hubiera tenido antes.