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Naty se deja empotrar con fuerza hasta correrse

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Desde que abrió la puerta con esa sonrisa pícara y el vestido pegado al cuerpo mojado, Naty no pudo evitar morderse el labio al verla ahí, con la polla dura como una piedra y los ojos clavados en su coño empapado que dejaba marcas en la tela. Él no aguantó más: la empujó contra la pared del pasillo, le arrancó el tanga de un tirón y le clavó los dedos en las caderas mientras su verga buscaba la entrada caliente que ya goteaba. Naty gimió fuerte, arqueando la espalda cuando la cabeza gruesa de la polla se abrió paso entre sus labios hinchados, estirándola hasta que no pudo más que soltar un grito ahogado. Él no tuvo piedad, embistiéndola con fuerza desde el primer envite, sus pelotas golpeando contra su culo mientras ella se clavaba las uñas en los muslos para no gritar como una puta en celo. La fricción húmeda y caliente de su coño lo volvió loco, cada empujón dejándola más mojada, más desesperada por sentirlo profundo hasta el fondo. Naty jadeó sin control, su cuerpo temblando cuando él la levantó en volandas y la empaló contra el sofá, sus piernas enredadas alrededor de su cintura mientras la polla entraba y salía sin piedad, rozando ese punto que la hacía ver estrellas. Cada embestida era más salvaje, más animal, hasta que sus gemidos se convirtieron en un coro de placer incontrolable, su coño apretando la verga como si no quisiera soltarla nunca. Él gruñó, sintiendo cómo el orgasmo se acercaba, y justo cuando ella iba a correrse por primera vez, la giró boca abajo y le dio una paliza en el culo, su polla enterrándose hasta la raíz mientras Naty se ahogaba en un gemido ronco. El sonido de la carne contra la carne resonaba en el cuarto, mezclado con sus respiraciones entrecortadas y los gritos de ella pidiendo más. Cuando sintió que ya no podía aguantar, la soltó de golpe, la giró y le metió la polla hasta la garganta, ahogándola en su propio sabor mientras ella tragaba cada gota de semen que le escupía caliente en la boca. Naty quedó tirada en el suelo, temblando, con el coño brillando y los labios rojos de tanto chupar, pero aún no había terminado de disfrutar de esa noche de sexo salvaje donde el placer no tenía límites.

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