Rina se moja follando toda la noche salvaje
Rina llevaba meses escondiendo sus gemidos tras la puerta del baño cada que se tocaba pensando en él, pero esa noche no pudo más y salió como una fiera buscando su boca. Él la recibió con la polla tiesa, sin mediar palabra, mientras sus dedos se clavaban en el culo prieto de ella arrancándole un quejido gutural. Rina se dejó caer de rodillas sobre el colchón sucio, con las tetas rebotando al ritmo de sus jadeos mientras engullía cada centímetro de carne con la garganta bien abierta, los labios estirados hasta el límite y la lengua lamiendo cada vena palpitante. Él la empujó contra la pared, le arrancó el tanga de un tirón y la empaló sin piedad, sintiendo cómo su coño empapado se aferraba a su verga como un guante mojado, apretando y soltando en oleadas de placer que le hacían gruñir como un animal. Rina gritó cuando la embistió por el culo, las nalgas temblando bajo los golpes secos de sus caderas, los muslos temblorosos al sentir cómo la polla le llegaba hasta el fondo del útero, golpeando ese punto que la volvía loca y la hacía babear como una perra en celo. Él le azotó las nalgas con la mano abierta hasta dejarle la piel roja y ardiente, mientras ella se retorcía entre gemidos rotos, suplicando más fuerte que la dueña de la casa de al lado podía escuchar. La saliva le resbalaba por la barbilla al mordisquearle los pezones, duros como piedras, y cuando él le metió dos dedos en la boca para que los chupara mientras la follaba, Rina se corrió con un espasmo que le nubló la vista, los jugos goteando por sus muslos mientras el cabrón no paraba de embestirla, más duro, más rápido, hasta que ella sintió cómo se le llenaba el coño de leche caliente, espesa y pegajosa, mientras los dos se desplomaban jadeantes sobre las sábanas revueltas, con el olor a sexo y sudor flotando en el aire y los cuerpos pegajosos de tanto sudor y corrida. Rina quedó tumbada boca arriba, con las piernas abiertas mostrando el coño chorreante y los labios hinchados, mientras él se limpiaba la polla en su propia camiseta antes de encender un cigarro y soltar una risotada al verla tan satisfecha, tan puta y tan suya por esa noche interminable.