Verificación caliente con riesgo de pillarlos
—Shhh, cállate, que alguien puede entrar— susurró ella mientras le bajaba los pantalones. Era su vecina de al lado, la morena de culo prieto que siempre fingía ser tan recatada, pero que ahora estaba arrodillada en el pasillo, chupando la polla dura de su cuñado como si no hubiera mañana. Las paredes eran finas, y cada gemido ahogado de ella resonaba en el silencio de la tarde. Él la empujó contra la pared, levantándole la falda hasta la cintura, y metió dos dedos en su coño mojado mientras le tapaba la boca con la otra mano. Ella mordió su palma para ahogar los gritos cuando él empezó a embestirla con fuerza, sintiendo cómo su polla entraba hasta las pelotas en su carne apretada. El sonido de la puerta principal chirriando los paralizó por un segundo, pero él no se detuvo, solo aceleró el ritmo, clavándose en ella con desesperación. Ella lo abrazó con las piernas, clavándole las uñas en la espalda mientras él le mordía el cuello, sintiendo cómo su coño se contraía alrededor de su verga. Cuando por fin se corrió, llenándole el vientre de leche espesa, ella se derritió contra él, temblando. Pero lo que más le impactó fue la expresión de su marido cuando abrió la puerta y los vio: la cara de él estaba blanca como la leche derramada.